Veracruz. Contrastes mexicanos (segunda parte)

Otra tradición es la música. El Zócalo de Veracruz es el entorno perfecto para ver con qué elegancia se baila el danzón. Los jueves suelen ser las noches de danzón. Se monta una tarima en mitad de la plaza y allí bailan las parejas con una orquesta formada por arpa, quinto grande, pandero y jarana. El danzón apareció en Veracruz en 1870, con la figura del cantante cubano Miguel Fraile. Desde entonces se ha convertido en una seña de identidad de los veracruzanos, que han narrado en las letras de los danzones muchos de los acontecimientos sucedidos en el último siglo y han sentido devoción por ese baile. Los soportales del Zócalo suelen estar muy animados, además, por la presencia continua de los grupos de marimbas, que ofrecen a los clientes de la terraza música a voluntad a cambio de unos pesitos la pieza. La marimba, similar al xilófono, es el instrumento musical jarocho por excelencia.

La región del Sotavento, que es como se denomina al centro del Estado de Veracruz, también posee uno de los tesoros mejor guardados de México: Tlacotalpan. Se trata de un pintoresco pueblo ubicado a orillas del río Papaloapan, nombre náhuatl que significa “río de las mariposas”. Su particular arquitectura, sus casas pintadas con todos los colores del Caribe, le han valido ingresar en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Tlacotalpan fue el principal puerto del río que la circunda y que, algo más al norte, se encuentra con el mar en Alvarado, donde aún bucean los manatíes. Alcanzó su mayor esplendor a finales del siglo XIX, cuando los vapores preferían remontar el Papaloapan antes que desembarcar en Veracruz. En 1891, el pueblo era tan rico que se permitió inaugurar un teatro de tres plantas, revestidas de madera, capaz de rivalizar con el Teatro de la Ópera de Manaos. El teatro sigue hoy en pie, aunque solo se aprecia su grandeza en el interior, motivo por el que fue denominado El Coloso de Sotavento. Un paseo por Tlacotalpan es una agradable experiencia entre coloridos portales, callejones con encanto, exuberante naturaleza y, sobre todo, gente muy hospitalaria.

El maestro Agustín Lara nació en Tlacotalpan. El Flaco de Oro dedicó una bella canción a su pueblo natal, que comienza diciendo: “Tlacotalpan, mantón de terciopelo/ donde el jarocho sueña y bebe nanche/ donde baila la bamba y a su cielo/ no hay un solo lucero que lo manche”. Cada 30 de octubre, el día del cumpleaños del maestro, se celebra en Tlacotalpan el Festival Larista. En la ciudad de Veracruz hay un museo dedicado a Agustín Lara, que está habilitado en la misma casa donde residió el maestro, y donde quizá compuso Veracruz, himno sentimental del Estado y del propio Agustín Lara: “Nací con la luna de plata –dice la canción–, rumbero y jarocho, trovador de veras”.

Veracruz lo tiene todo: cultura, aventura, naturaleza, gastronomía, historia, música y sol. Es una de las regiones más singulares, diversas y atractivas de todo México. Mi Estado Ideal, dice su actual eslogan, que podría traducirse, para usos turísticos, como “mi destino ideal”. Cualquier visitante puede disfrutar de la naturaleza, la historia y la magia de Veracruz, y a los pocos días de viaje entenderá por qué se suele decir que “solo Veracruz es bello” y por qué Veracruz constituye una fuente continua de alegría, un surtidor de vitalidad. La clave está realmente en los veracruzanos. La explicación resulta profunda y sencilla: como dijo el maestro, nacieron jarochos.

Los misteriosos olmecas y su señor jaguar

En esta tierra floreció, hace más de 3.500 años, la cultura madre de Mesoamérica: la cultura de los olmecas. Temerosos del jaguar, al que adoraron, los olmecas expandieron su influencia por toda Mesoamérica desde un área relativamente pequeña, junto a la costa del Golfo de México, donde, según se cree, vivían en ciudades-estado gobernadas por un gran líder al que honraban con gigantescas cabezas de piedra. El Museo de Antropología de Xalapa es el mejor lugar del mundo para admirar el legado de los olmecas. Posee siete de las 17 cabezas olmecas descubiertas hasta hoy, además de otras joyas como la escultura olmeca del Señor de las Limas o las enigmáticas caritas risueñas de la cultura Remojadas. En total, más de 2.500 piezas arqueológicas, organizadas en 9.000 metros cuadrados de exposición.

Capital mundial del turismo de aventura

Más del 80 por ciento del turismo de aventura que se practica en México tiene como escenario Veracruz, el único Estado que reúne manglares, dunas, selvas, arrecifes submarinos, 700 km de litoral y la montaña más alta del país, el volcán Orizaba (5.610 metros). El rafting tiene su mejor localización en los ríos Filobobos, Actopan y Pescados, y en los rápidos de Jalcomulco. La exploración en canoas de los manglares puede realizarse en Las Ciénagas del Fuerte. Para la observación de aves, el emplazamiento ideal estaría en las lagunas de Sontecomapán y Catemaco. Los senderistas pueden recorrer el parque ecológico del Cofre de Perote, y para los escaladores el reto es la cumbre del gran Orizaba. Hay puertos próximos a los arrecifes donde disfrutar de fauna submarina, la mayoría representada en el Acuario de Veracruz, el más grande de Latinoamérica. Este año Veracruz acogerá la Feria Internacional del Turismo de Aventura.

Catemaco, los brujos y la selva mística

Entre la región de Los Tuxtlas y las playas del Golfo de México se encuentra el paraíso escondido de Catemaco, una laguna y un pueblo afamados en todo México por los brujos especializados en limpiar y renovar la energía espiritual de sus clientes. Sus poderes aumentan el viernes inicial del tercer mes, cuando, desde hace varios años, se celebra en Catemaco un congreso al que acuden brujos de todo el país. Quienes prefieran disfrutar del lado menos esotérico de Catemaco, pueden visitar la cercana y espectacular cascada del Salto de Eyipantla, pasear en bote por la laguna o caminar por los senderos ecológicos de Nanciyaga, en plena selva. También hay playas desiertas y paradisíacas como Roca Partida, donde puede visitarse en lancha una cueva que fue escondite de piratas, y numerosos alojamientos que ofrecen la cálida experiencia del temazcal: la sauna mística prehispánica que devuelve la juventud.

Fandangos y danzones, el alma jarocha

La expresión “jarocho”, probablemente referida, en su origen, al arte de la pesca con jaras en el río Papaloapan, se aplica a las principales tradiciones de Veracruz, en particular a la música, los trajes típicos y la comida tradicional de las fiestas. El traje típico regional femenino, el vestido de jarocha, registra influencias andaluzas y valencianas: es un vestido blanco con cola, enaguas y delantal de terciopelo negro, que guarda cierta similitud con el vestido de fallera. En cuanto a la música, el son más conocido es La Bamba. La danza que acompaña al son se denomina “fandango”. Con todo, el ritmo más popular es el llamado “danzón”, signo de identidad veracruzano. El danzón tiene su origen en la contradanza francesa, que viajó a Haití, se animó con ritmos africanos, saltó a Santiago de Cuba y apareció en Veracruz en 1870. Se baila con clase y con estilo, dejando que los tiempos queden al gobierno de la pareja.

La danza de los voladores de Papantla

La danza de los voladores parece haber tenido su origen en los ritos de primavera de los totonacas. Los voladores son cuatro hombres que ascienden hasta un frágil rectángulo o círculo de madera que circunda el pico de un poste con más de 20 metros de altura. Allí aguardan la llegada del caporal, que sube con una flauta y con un tambor. A una señal del caporal, los cuatro voladores saltan cabeza abajo al vacío, con sus pies anudados al rectángulo por una cuerda. Al son de la flauta y del tambor, los cuatro danzantes giran y giran en torno al poste, estirando cada vez más la cuerda con sus pies hasta que completan trece vueltas, y el último giro les permite saltar al suelo. El poste simboliza un árbol místico y los voladores son almas de guerreros con forma de ave que regresan a la Tierra para fecundarla. Su vuelo o danza cósmica simboliza el paso de cuatro periodos de 13 años, un siglo totonaca de 52 años.

Texto: Viajar El Periódico

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